Morir en escena

Tú estás en la frutería y el mismo viejo que se te ha colado por las buenas, porque es viejo y sabe que la gente no va a protestar, te tiene a ti y a toda la clientela  esperando a que acabe su discusión con el dependiente sobre lo caro y lo malo que es todo, no como en su época, que aquello daba gusto. Y odias, pero lo que odias no es al puto viejo, sino la idea de que, en algún momento, durante esa «época», él era tú y que, cuando se termine la tuya, tú serás el puto viejo.

El contexto, las saludes física y mental: la circunstancia determinan el cómo y el hasta cuándo de la época de cada uno. Cuando ganas Tours, te encuentras en el epicentro; si te ves anunciando sobaos, sabes que aquello ya ha pasado y es el momento de sentarse en un banco a esperar que llegue la muerte, que ya has hecho lo tuyo, has colocado el bloque de la pirámide que te correspondía.

Entre las peculiaridades del mundo del arte se encuentra el hecho de que las épocas se llaman etapas y pueden abarcar incluso la senilidad, ahí se encuentra Manoel de Oliveira para demostrarlo, rodando obras maestras a los 102 años (¡y quiera Dios que dure!). La generosidad de críticos e historiadores es tal que el presupuesto de partida, para un autor que se pase toda la vida haciendo lo mismo, sin cambiar un ápice técnica ni discurso, reservan ya un mínimo de tres etapas: iniciática, madurez y tardía.

Alanis The Collection

Echa el freno, Magdaleno: el Jagged mezclado con retales.

Esto, sin embargo, apenas ocurre en el mundo de la música (excluyendo el ámbito de la culta, cuyas espinosas fronteras no me detendré a trazar), salvo excepciones. La etapa única, en casi todos los casos, será la de juventud, que se verá estirada con mayor o menor fortuna hasta que el cuerpo y los fans aguanten, y recuperada más adelante cuando el dinero escasea. De los veinte a los cuarenta haces lo mismo, pero regresas a los sesenta para repetirlo.

Para situar esta arte entre sus compañeras, quedan descartadas de inmediato las analogías con pintura, escultura o literatura, habitualmente obra de una sola persona de la que solo llegamos a conocer la mirada; más cerca quedan teatro o cine, cuyo dramaturgo o guionista se ve reemplazado aquí por el compositor: responsable de la génesis de la obra, pero cuyo papel se termina en el momento en que esta empieza a tomar forma, el director deviene el productor, responsable último de las decisiones concernientes al resultado final, y el rol de los actores recae en los intérpretes (por emplear una terminología común), los que se ven delante de los micrófonos y las cámaras, los que dan la cara, transmiten lo que llevan dentro.

Si a Quimi de Compañeros nos costaba trabajo tomárnoslo en serio durante las primeras temporadas de la serie, cuando solo tenía la edad suficiente para haber finalizado una licenciatura universitaria, ya no había Dios que se lo tragase en el mismo instituto, sin avanzar curso, casi un lustro después. Algunos sí nos creímos a la Alanis Morissette del Jagged Little Pill (cuyo valor aprovecho para predicar en el desierto) con sus veintipocos asqueada del mundo (y no es para menos, cuando no solo tienes una relación con el tío Joey de Padres forzosos, el del mullet, sino que se acaba porque te es infiel), pero es difícil tomársela en serio cuando trata de representar el mismo papel cerca de los cuarenta.

Antes hablaba de excepciones para esta regla, y no voy a ser demasiado original, porque el ejemplo es tan mayúsculo que resultaría absurdo elegir otro. Mientras los AC/DC o los Rolling Stones encaran o rebasan la jubilación intentando que el personaje creado cuarenta años atrás sobreviva, repetir el mismo papel hasta la muerte, Johnny Cash demostró precisamente, cuando una enfermedad degenerativa precipitó la suya, la capacidad de evolución del músico. Uno de los nombres más célebres de la historia del country abandona su persona de juventud y graba, dentro de la serie American, que había comenzado con un inofensivo disco de versiones previo al diagnóstico del mal, desgarradoras (de vez en cuando, me regalo elegir el adjetivo más manido: refrescante verano, espeluznante crimen, toma ya) relecturas de clásicos en principio apartadísimos de su mundo; entre ellas, claro, el Hurt de Nine Inch Nails que sería imposible desligar de su fallecimiento.

Es posible cambiar, Bowie puede ser Ziggy, Aladdin y quien se proponga, pero cuesta mucho, así que Morrissey seguirá siendo (esperemos) Morrissey y Monica, Chandler, Joey, Rachel, Ross y Phoebe seguirán siendo siempre Monica, Chandler, Joey, Rachel, Ross y Phoebe. El tiempo reseca el pegamento de las caretas y pocos son los que acumulan la fuerza suficiente para despegársela.

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Acerca de Pero vistes bien

Hola, qué tal. Yo bien, aquí, tirando. Pero hablemos de música. Me molan los grupos chulos; los otros ya algo menos. Diría que eso lo resume todo con respecto a mí: ahora habladme de vosotros.

Un comentario en “Morir en escena

  1. PFF. El maldito primer parrafo es epic. Cuantas veces se me habrá pasado por la cabeza cosas de esas xDDDD Me mola un lote la redacción.

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