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Hola, qué tal.Yo bien, aquí, tirando. Pero hablemos de música. Me molan los grupos chulos; los otros ya algo menos.Diría que eso lo resume todo con respecto a mí: ahora habladme de vosotros.

Radiohead

Bilbao BBK Live @ Monte Kobetas (Bilbao, 13/07/2012)

Si el tercer disco se considera tradicionalmente la clave en la carrera de un artista, el segundo día del festival es el que marca el éxito o fracaso del conjunto. En el caso de esta edición 2012 del Bilbao BBK Live, los encargados de cortar el cable azul o el cable rojo eran británicos y se llamaban Radiohead, al igual que la mayoría de grupos que los acompañaban a lo largo del día en los escenarios principales (nótese la diferenciación, la frontera insalvable entre Radiohead y “unos grupos”). ¿Acabó todo con final feliz? ¿Salieron todos, afortunadamente, ilesos, cual vídeo de Impacto TV? Venga, vamos a comprobarlo.

Los entrantes de la tarde nos los comenta el corresponsal de guerra Billy Shears:

Empecé la tarde con Noah and The Whale, un concierto que prometía bastante por lo poco que había escuchado de este grupillo: sol, calor y un poco de pop saltarín para empezar la tarde. Sin embargo la cosa me decepcionó un poco. Aunque en algunas canciones si que se ganaron más al público y tocan más que bien sobre las tablas, el grupo no brilla especialmente por su actitud. Cumpliendo con un recital con los hits más que escuchados de la banda, se me asemejaron a unos Vampire Weekend descafeinados sin pena ni gloria. Bien, pero algo menos de lo que esperaba.

La cosa mejoró con el primer plato fuerte del día: Mumford & Sons. Con un público más que entregado, el concierto comenzó con la sobriedad que les caracteriza, con una seriedad y una actitud muy épica: todos los músicos en fila frente al público, armados de sus instrumentos y sus voces dispuestos a llenar el escenario de folk coral con pegada. Y así fue como se desarrolló el concierto, con una buena ración de temas ya más que conocidos de su primer trabajo y algún que otro adelanto de su nuevo disco. Quizá faltó alguna sonrisa de su líder, Marcus Mumford, que parecía especialmente frío durante la actuación, pero conforme el concierto iba llegando a su fin se fue animando y no faltó la fuerza ni el buen hacer.

Noah and the Whale

Noah and the Whale

Hay dos The Kooks: por un lado, los guitarreros puros que nos llevan directamente con la máquina del tiempo al momento de la década pasada en el que a todo el mundo le parecía una idea de puta madre crear cientos de grupos idénticos dentro de una avalancha post-punk de la que pocos son los que han sabido sobrevivir una vez pinchada la burbuja; por el otro, los que han sabido evolucionar desde aquella situación a una banda que integra la electrónica con buen gusto en la fórmula, para convertirse en algo bien distinto de aquello cuyos resultados son más que aceptables, aunque, dicho sea de paso, tampoco revolucionen el mundo de la música, como tampoco lo hicieron ni pretendieron en su etapa inicial.

El umbral que separa las dos versiones de los (enésimos) ingleses tiene forma de teclado: muerto de risa en el centro del escenario mientras la banda interpretaba los hits de sus dos primeros discos (Naïve, Sofa Song, Ooh La), sin embargo, se convertía en el punto de referencia cuando se abría la puerta a su nueva versión electrónica. Sin embargo, el entusiasmo del público ante unos y otros singles (no es este un grupo que se desmarque con caras B en un festival, precisamente, sino que sabe dar a la gente lo que quiere y cuando lo quiere) era bastante desigual, en favor, ni que decir tiene, de los temas que hicieron famosos por unos meses a la banda.

The Kooks

The Kooks

El camarada Shears, cómo no, también tiene una opinión sobre estos chavales. Y no solo eso, sino que accede a compartirla con nosotros:

Con un toque más roquero continuaban la fiesta en el escenario 2 The Kooks. No pude situarme muy bien para verlo por la aglomeración tras Mumford, pero aún desde algo lejos podía notarse la energía de estos chicos que no dieron tregua en su repertorio. Un público más que entregado se dejó llevar por el pop guitarrero y con garra que desde el escenario nos iban lanzando. Unos habituales ya en varios festivales que siguen dejando buen sabor de boca cada vez que se suben a la tarima.

El hecho de no establecer una pausa sobre el papel entre el concierto del londinense Kieran Hebden, más conocido como Four Tet, y el que lo seguía, que era nada más y nada menos que el de los reyes del festival (que, como había ocurrido con The Cure y pasaría al día siguiente con Garbage, paralizaron también el resto de escenarios) le brindaba a Hebden la difícil labor del telonero, que, en resumidas cuentas, es algo que la mayoría de la gente acude a ver sin mayores expectativas que un temprano final de aquello.

A pesar de los esfuerzos de Hebden agitando la cabeza mientras la noche caía sobre Bilbao, el cuidado y el acierto con el que trazó su sesión o la indiscutible proximidad entre su trabajo y el de los artistas teloneados (con los que ha colaborado en más de una ocasión), la temprana hora imposibilitó que el respetable (el respetable: ¡toma ya!) se involucrase como lo pedía el set, y al artista no le quedó otra que ir engarzando de manera soberbia temas cuyas transiciones servían de recordatorio para mirar el reloj y comprobar cuánto faltaba para que entrasen los siguientes. Tan previsible como injusto.

Four Tet

Four Tet

Tras el telonero llega, por definición, el cabeza de cartel, que no lo era solo de día, sino del festival entero, como confirmó la presencia masiva de un público apelotonadísimo en busca del nombre que justificaba por sí mismo todo el BBK. De una manera similar a lo que comentaba para los Kooks (con los que apenas comparten otra cosa que no sea la nacionalidad), la evolución de Radiohead desde algo como el OK Computer que no se puede identificar con otra cosa que no sea la perfección, sí, que resulta tremendamente personal, también, pero que, al mismo tiempo, lleva una etiqueta “indie rock” (o como queráis llamarlo) del tamaño del Bernabéu, hasta la electrónica marciana de Kid A constituyó un golpe de timón que no estaba causado por la necesidad comercial, sino por la necesidad creativa y desembocó en uno de los debates más encendidos de la historia reciente de la música, entre los que consideraban un error no mantener la fórmula que los había llevado a lo más alto y los que aplaudían la ilimitada brillantez creativa del conjunto.

Aunque a día de hoy ese debate ya esté más que cerrado y los que en su día renegaron de Kid A hayan entrado en el programa de testigos protegidos, dotados de una nueva identidad para escapar del bochorno absoluto, la evolución de Yorke y compañía continúa, reinventándose (el verbo mágico) trabajo tras trabajo y marcando una frontera clara entre sus discos considerados como obras maestras y los que lo serán en el futuro, lo que hace que los Radiohead de 2012 apenas tengan nada que ver con los que alcanzaron el olimpo de la música en los años noventa. Tanto es así, que sus dos primeros álbumes, Pablo Honey y The Bends, no contaron ni con una sola representante en el setlist (tampoco Creep, no, ni falta que hacía); mejor suerte corrió el OK Computer, del que se rescataron (verbo utilizado frecuentemente en estos casos, pero pleno aquí de sentido), ya en los bises, Karma Police y Paranoid Android, que, además de cómo dos de los mejores temas de un álbum inmejorable, sonaron ajenos al resto del repertorio, pero no por ello provocaron un delirio menos notable entre los presentes.

Radiohead

Radiohead

El resto de la hora y tres cuartos de concierto lo ocuparon, de mano, los dos últimos discos, The King of Limbs (Bloom para abrir, la brillantez de Morning Mr Magpie, Feral, Lotus Flower y Give up the Ghost, más la cara B The Daily Mail) e In Rainbows (15 Step, Bodysnatchers, Nude, Reckoner), para abrirse progresivamente al Hail to the Thief (Myxomatosis, The Gloaming, There there), al Amnesiac (Pyramid Song, I might be wrong) y, sobre todo, a un Kid A que, además de contar con su corte homónimo, cerró antes de primer y segundo bis con unas deliciosas versiones de Idioteque y Everything in its right Place, que el tiempo ha convertido en propuestas aún más radicales y orientadas a la electrónica, que dejan el debate y la controversia original en un puro chiste.

Genio y figura en escena, Yorke, a ratos de pie, a ratos intimista (palabra cuya definición de la RAE es “sentado al piano”), acompañaba los momentos en los que no le tocaba cantar de bailes llegados desde los abismos del delirio, así como alguna pausa entre canciones para sacarse de la manga un discurso no demasiado hilado sobre lo mucho que nos robaban los bancos. Bueno. En resumen: ¿quién quiere a Creep o al OK Computer cuando tiene delante a Radiohead?

Por salud mental, acudamos de nuevo al contrapunto de nuestra segunda y más cabal opinión sobre el díptico Hebden-Yorke:

El nerviosismo iba creciendo en nuestros estómagos llenos de mariposillas conforme se acercaba el gran momento, tanto que algunos optamos por una cómoda explanada de césped para aguantar (como pudimos) a Four Tet. Sí, puede que la electrónica en directo no esté hecha para mí, pero el recital de cuarenta y cinco minutos de ritmo en loop con una pequeña variación aquí y dos toques allá no creo que sea para mucha gente. El error se hizo patente en cuanto se acercó el concierto de Radiohead: llenísimo total, imposible abandonar la cómoda explanada que ahora estaba llena de gente más a sus cosas que al conciertazo que los de Oxford se marcaron (y de no poca gente que se apresuró a pillar sitio para Vetusta Morla una hora antes de que empezasen…). Con una dosis justa de su último disco, grandes remembers en Karma Police o Pyramid Song  y golpes de efecto con los pelotazos de su anterior trabajo, In Rainbows, las casi dos horas se pasaron volando. Cuando después del bis llegó el gran final con Paranoid Android se sentía en el aire que estábamos ante el verdadero plato fuerte del día. Quizá supo a poco, quizá se habría agradecido un concierto tan mastodóntico como el de The Cure la noche anterior, pero bueno, así no acabamos tan empachados.

Empezaría explicando que no soy nada objetivo con Triángulo de amor bizarro, a los que considero una de las propuestas nacionales más estimulantes de lo que llevamos de siglo, lo que serviría de justificación para que mientras la verborrea entre canción y canción que me resulta sobrera en una amplia mayoría de las bandas me arranque una sonrisa aquí, ya sea cuando les da por lanzarle un viva a Bielsa (Marcelo, controvertido entrenador del Athletic de Bilbao) o cuando se meten sin que nadie los llame en conflictos políticos de los que salen con brillantez cagándose en el partido del gobierno.

Advertiría, digo, el sesgo de mis opiniones ante una banda que adoro, pero se trata, en realidad, de una polarización más que justificada merced al indiscutible derroche de molar que logran con hipérbatos como el insuperable “de Jesús el peinado tener” (El himno de la bala). Ante un público que se moría de ganas de petarlo, pasadas ya las 2 de la mañana (nada que ver con conciertos como el del Primavera Sound del año pasado, a la hora del té, donde todo el mundo hacía lo que podía, pero es difícil derrotar al monstruo de los horarios), además de la citada pista de apertura de su álbum de debut, cayó todo lo que tenía que sonar, lo que incluye hits de calado como El fantasma de la transición, del mismo álbum o De la monarquía a la criptocracia y Amigos del género humano, del segundo y, por el momento, último. Hasta que el tema que adelantaron, que ahora se titula “Follar”, pero que en realidad no, como explicaba la locuaz Isabel, que también es cantante y bajista del grupo.

Ante todo este despliegue, solo pueden quedar como divertidas anécdotas que el sonido de la carpa en la que se llevó a cabo el concierto fuese desastroso, sin que se distinguiese apenas la voz, o que el concierto fuese un auténtico visto y no visto (como estaba programado, por otra parte). Ahora seguro que rabiabais mucho si pongo algo del estilo “Galicia calidade” para cerrar sobre estos coruñeses; pero estáis de suerte, porque no lo voy a hacer.

Triángulo de Ramón Pizarro

Triángulo de Ramón Pizarro

Para los más valientes a los que el día no hubiese saciado, todavía quedaba una ración de Vetusta Morla, solapada en su parte inicial y que venía a ser lo de siempre: Pucho controlando a las masas con su desconcertante batuta de incomprensibles hits. Pero gustan mucho, vaya si gustan.

Fotos: Musicsnapper & Tom Hagen, menos el fotomontaje memo, que es de Pero vistes bien.

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Young & Old

Tennis – Young & Old (Fat Possum, 2012)

En muchas ocasiones (bueno: en algunas ocasiones), las frases más dolorosas se pronuncian acompañadas de una sonrisa. Aunque una voz como la de Alaina Moore, cantante y mitad, junto a su marido Patrick Riley, de Tennis, empuje a pensar en el buen rollo y en el tontipop, lo que tenemos entre manos no es Papá Topo, precisamente, sino una banda que toma lo agridulce por bandera para entregar una colección de canciones con la característica común del dulce garrapiñado que envuelve una píldora que, una vez deshecha en el estómago, duele como si uno se hubiese tragado un puñado de alfileres. Si tuviésemos que asignarle un equivalente cinematográfico (que no tenemos, pero lo hacemos igual, que nos encanta), podríamos aproximarlo a los mágicos mundos que crea una y otra vez Wes Anderson, modelados para soñar, pero, sobre todo, para sufrir.

Young & Old

Siguiendo al pie de la letra el esquema que habían trazado en su disco anterior, el de debut, Cape Dory, la pareja construye otras diez canciones, todas entre los tres y cuatro minutos de duración, cinceladas en torno al lema que sirve como estribillo para High Road, “Paradise is all around, but hapiness is never found”: el tan lejos, tan cerca de la felicidad que se encuentra al alcance de una mano que, por más que lo intenta, no acierta a asirla y que se traduce en letras cuyos temas predilectos son los amores imposibles (ya desde los versos que abren el disco al tiempo que It all feels the same: “Took a train to/ took a train to get to you./ Finally got there/ and I couldn’t find you anywhere”, que funcionan como inmejorable declaración de intenciones) y los posibles, pero bastante complicados.

A pesar de los recelos con los que fue acogido Cape Dory, la fórmula de la banda que se formó durante un crucero que realizaba el matrimonio (esta anécdota queda siempre muy bien) no solo sigue funcionando, sino que encuentra su verdadera razón de ser en unas composiciones tan simples en sus melodías como complejas desde el punto de vista de las letras, cuyo conjunto sería insostenible si no fuese por el agente catalizador en forma del timbre de Alaina, auténtico motor del vehículo, que en cualquier otro caso provocaría que unos versos así de intensos sonasen a parodia.

Entre los temas que conforman este Young & Old, que funciona a las mil maravillas desde un nivel conceptual, pero cuyos cortes se pueden entender sin mayor problema de forma independiente, los más logrados los tenemos, además de en la citada High Road, en la optimista (también hay terreno para el optimismo, aunque parezca mentira) Dreaming, en el escepticismo de uno de los temas más bonitos de lo que llevamos de año, Take me to Heaven o el desgarrador grito de auxilio a partir del pecado original de la separación en Origins.

Inclasificables por muchos motivos, en unos tiempos en que los grandes artefactos musicales que confunden complejidad con calidad son el pan nuestro de cada día (baste como ejemplo el discutible giro ejecutado por Best Coast en su segundo trabajo, ante la constancia aquí evidenciada) Tennis consigue rebatir en un plumazo de poco más de media hora todas las tesis grandilocuentes cuando logra que, a partir de unos ingredientes mínimos y una elaboración sencilla, el regusto que el resultado final deja en el paladar dure mucho más que alternativas que se pretenden con mucho más poso.

Tracklist

01 – It all feels the same
02 – Origins
03 – My better self
04 – Traveling
05 – Petition
06 – Robin
07 – High Road
08 – Dreaming
09 – Take me to Heaven
10 – Never to part

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¡Menos samba!

Sr. Chinarro – ¡Menos samba! (Mushroom Pillow, 2012)

¿Qué nombre le ponemos al factor que separa dos obras que nacen con propósitos similares, son desarrolladas por artistas con capacidades parejas siguiendo métodos análogos y que, sin embargo, desmbocan en unos resultados excepcionales en un caso y mediocres en el otro? Se trate de suerte, talento o puntería, en Antonio Luque, que, finalmente, ha decidido publicar con su apodo de toda la vida, Sr. Chinarro, y no como su nombre real, como amenazaba, este ¡Menos samba!, la franja que separa Pinto y Valdemoro ha sido siempre muy estrecha y no acaba de definirse completamente hasta transcurridas unas cuantas escuchas, las que separan el bochorno inicial al tropezarse con la analogía aquella con el pan Bimbo en Anacronismo y el convencimiento final de que se trata de una de sus composiciones más brillantes.

¡Menos samba!

Ante las críticas poco acogedoras que recibió su anterior disco, Presidente, hace tan solo un año, en el que convivían clásicos instantáneos como Babieca o María de las Nieves con tiros errados (y bien errados) como La lección o Un final feliz, Luque se lía la manta a la cabeza y decide que cuanto más mejor o, al menos, que, disparando en todas las direcciones, en algún momento acertará en la diana. Y no se equivoca, aunque quizá en sus cálculos no hubiese contemplado que la operación se saldaría con daños colaterales de considerable magnitud.

En las 19 pistas que conforman este regreso que llega antes de que nos hubiésemos siquiera repuesto del impacto de su predecesor encontramos de todo: desde composiciones que encajan milimétricamente en el canon chinarresco hasta coqueteos con otros géneros que uno no sabe muy bien si tomarse en broma o en serio. En la primera categoría aparecen Tu elixir, relectura de Del montón que la lleva hasta la político-enología, género impensable fuera del mundo de Luque, Todo acerca del cariño, con unas metáforas sobre follar y pescar que resultan más afortunadas de lo que evoca la misma idea en el momento que se coloca sobre la mesa o Santa Bárbara (General Dynamics SA), enésimo acercamiento del compositor al santoral y cuyo estribillo se cuenta entre lo más memorable de esta ecléctica empresa.

En el mismo epígrafe, pero ocupando el polo opuesto en lo que a resultados se refiere, se encuentran la previsible La ley de Murphy (¡de Marfi!), con el ripio más estridente del conjunto (que no el único: muchos otros se aceptan con gusto… ¡si hasta le he dejado pasar un “Brasilia”, de la canción del mismo título, en consonante con “pedofilia” sin decir nada!), el de “la flauta de Bartolo”, a la altura del famoso “cordero a la brasa” al que se invitaban los Ellos en Lo dejas o lo tomas. Tampoco aparecerá en ningún grandes éxitos del artista (un grandes éxitos de Sr. Chinarro, dejo ahí el concepto para que lo paladeéis) La aseguradora, compilación de lugares comunes y juegos de palabras antitéticos que no le podemos permitir (“la poliza de vida es de muerte”, venga ya).

Por último, la sección de las excentricidades, que aquí está más concurrida que de costumbre, la ocupan devaneos guitarreros como Hot Mothers, tan agradable como fallido experimento con (a Dios gracias) gaseosa o La plaga, tema puramente de cantautor en el que resulta difícil reconocer al sevillano. El mensaje robótico de La arenga de los sindicatos futuristas cabe entenderlo como una broma para cerrar el disco por el que apenas debemos pasar de puntillas, pero La iguana Mari (la marihuana en una suerte de remedo del monja-jamón) probablemente el peor esperpento que jamás ha escrito Luque, resulta injustificable desde cualquier óptica.

La sabiduría popular es consciente de que que menos es más, pero parece que la información no le ha llegado al Sr. Chinarro. Que alguien se lo comente o algo.

Tracklist

01 – La plaga
02 – Tu elixir
03 – La alcazaba
04 – Hot Mothers
05 – Todo acerca del cariño
06 – Brasilia
07 – La ley de Murphy
08 – La curva de la felicidad
09 – Dinero (otra vez no)
10 – Santa Bárbara (General Dynamics S.A.)
11 – Medio pollo
12 – Todo para mí
13 – La aseguradora
14 – Los años en blanco
15 – Jaleo real
16 – Las habichuelas
17 – Mr. España
18 – La iguana Mari
19 – La arenga de los sindicatos futuristas

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MDNA

Madonna – MDNA (Interscope, 2012)

En un monólogo (¿tiene más?) de Joaquín Reyes, el humorista manchego se cuestiona a propósito de la previsibilidad del lenguaje periodístico, para el que los aledaños han de ser a la fuerza del estadio, un marco tiene lo incomparable por única característica y el rey es campechano. Aumentando la lista, y situados en la piel de plumillas, ¿qué diríais que ha hecho Madonna con motivo de su último trabajo, que lleva por título MDNA? ¿Cambiar para que nada cambie? ¿Ponerse al día, quizá? No, joder: reinventarse. La Ciccone (sí, citar su apellido original es también una cita obligada) se reinventa álbum tras álbum, algo de lo que es consciente hasta el punto de haber titulado así, Re-Invention, una de sus giras.

MDNA

¿En qué consiste exactamente esta fórmula de la eterna juventud? Ni más ni menos que en franquiciar la marca Madonna, que más allá de una persona de carne y hueso (algo que está por demostrar), funciona a partir de experimentos del tipo “¿Qué es para ti Madonna?” (al estilo de los escolares sobre, nuevamente, nuestro monarca) llevados a cabo por los compositores y productores de moda en cada momento, lo que permite que, a finales de los ochenta, con el Like a Prayer, Madonna signifique Prince; que hace cuatro años, con Hard Candy, sea un sinónimo de Timbaland, y que, a día de hoy, cuando esos dos nombres huelen ya a naftalina, los deseche a cambio de otros que en el momento actual se encuentran en la cresta de la ola, como Benny Benassi o Martin Solveig.

Así como un hombre sigue siendo un hombre lo esculpa Botero o lo haga Giacometti, aunque el punto de vista de uno y otro den lugar a obras sin apenas similitudes, es posible trazar una evolución con una cierta continuidad en la carrera de la artista, que, en último término, es quien decide el equipo del que se rodea, a pesar de que los resultados finales deben, en justicia, juzgarse a partir de las firmas detrás de cada corte.

Es por ello que para comprender  este disco resulta imprescindible la escucha provisto de libreto, lo que permitirá que uno comprenda la disparidad entre, por un lado, la artillería de pista de baile que reside en Girl Gone Wild o, sobre todo, I’m addicted, que cuentan con las garantías de un Benassi (de dos Benassi, para ser exactos: su primo Alle también forma parte del equipo) con las tablas suficientes como para edificar el armazón con una materia prima inoxidable que permite que la caducidad del producto no lleve como fecha el día siguiente al lanzamiento; en el otro extremo, el pan para hoy y hambre para mañana al que se adscriben Turn up the Radio o Give me all your Luvin’, singles de usar y tirar que confían en el éxito inmediato para lograr la amortización, utilizando algo que a la neoyorquina le es tan grato como la polémica, para la que no se le ocurrió nada mejor (a mí tampoco) que rodearse de M.I.A. para que consiguiese la atención de los focos merced a su corte de mangas a cámara en el intermedio de la Superbowl, mientras interpretaban juntas Give me all your Luvin’. Como la canción, la polémica dejó de resonar al día siguiente.

Esta irregularidad a la que ya estamos más que acostumbrados (es difícil pensar en algo que haya lanzado Madonna de lo que no podamos rescatar un par de temas o donde no sobre alguno) no supondría mayor problema si no viniese acompañada por un descenso más que en la calidad, en el interés mismo de los temas, más o menos hacia la mitad del disco, que parece completado en piloto automático con rellenos que más que el aplauso o el rechazo, como los arriba comentados, suscitarán, como mucho, la indiferencia: salvo la balada Masterpiece, todo suena a anodino (I’m a Sinner) o directamente a mil veces escuchado (Superstar). Las acciones de la marca Madonna cotizan bajo; la culpa, como siempre, hay que buscarla en sus gestores.

Tracklist

01 – Girl gone wild
02 – Gang Bang
03 – I’m addicted
04 – Turn up the Radio
05 – Give me all your Luvin’
06 – Some Girls
07 – Superstar
08 – I don’t give a
09 – I’m a Sinner
10 – Love spent
11 – Masterpiece
12 – Falling free

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Beach House – Bloom (Sub Pop, 2012)

Lo que sigue es una crítica redactada desde el amor, pero sin obnubilación que valga. No encontraréis en ella comedimiento, pero tampoco una adoración ciega: este es un disco que requiere todos nuestros sentidos.

Del mismo modo que en el preciso instante en que se presentó la lista de películas que compondrían la selección oficial del Festival de Cannes que toca estos días a su fin supimos a ciencia cierta que el nuevo trabajo de Hong Sang-soo, In another Country, contaría con el beneplácito unánime de la crítica, cuando Beach House anunció Bloom como continuación para su aclamadísimo Teen Dream, nos vimos obligados a acoger como axioma que no solo se alcanzaría el casi insalvable listón marcado por el predecesor, sino que se superaría con notable holgura a través de un salto sin relación alguna con las fintas de sus contemporáneos, recuperando el testigo de Dick Fosbury (que no, afortunadamente y si se me permite el aparte, el de quienes confunden el camino de la innovación con el circense, como Miguel de la Quadra y su tristemente famoso lanzamiento de jabalina).

Con su cuarto álbum insisten en una progresión siempre creciente y nunca monótona que, de seguir así, los llevará en su próximo trabajo a salirse de la tabla por arriba, dado que esto es la perfección, el disco absoluto que nos obliga a rediseñar los marcadores electrónicos para anunciar un diez que bebe directamente del de Nadia Comaneci; pero es que Teen Dream también lo era. Con cada nuevo lanzamiento de los de Maryland, el metro de platino iridiado debe sufrir una nueva revisión al alza para actualizar el patrón a los estándares que ellos se ocupan de diseñar.

A menudo se considera al cine arte total, dado que puede utilizar en beneficio propio lo pictórico, lo musical, lo literario o lo arquitectónico, una especie de superarte que aglutina a todos los demás y que además exige la atención absoluta del espectador. La contemporaneidad deshace esta concepción en ambos sentidos: mientras que cineastas como James Benning construyen obras que uno puede degustar periódicamente mientras piensa en sus cosas, Beach House recorre el camino inverso y construye un universo como el de Bloom que absorbe desde el primer momento a quien se expone a su influjo e impide la labor de la música como acompañamiento, otorgándole un rol protagonista.

Publicado en plena época de exámenes universitarios, el boletín de notas de los pobres diablos que hayan pretendido estudiar con Bloom “de fondo” dará fe de esta circunstancia, del mismo modo que existen sospechas más que fundadas de que el hilo musical del despacho de Goirigolzarri lo reproduce en bucle.

Sin cortes de relleno, sin oscilar dentro de la perfección, desde los compases iniciales en que nos sumergimos progresivamente en Myth, primero con la percusión y la guitarra de Alex Scally, más tarde ya cerrando el círculo y entrando en combustión definitiva con la inclasificable voz de Victoria Legrand, hasta que llegamos a los casi siete minutos del corte de cierre, Irene, que empieza como un colofón menor y que acaba por desembocar en la grandilocuencia en cuanto llega el riff.

Diez pistas que ponen la piel de gallina y diez posibles singles, de los que van ya dos: la propia Myth y Lazuli, y a los que ojalá siga la tan enigmática como bellísima (comodín que sirve para referirse a cualquiera de las canciones de Bloom, evidentemente) The Hours. Hasta dentro de la perfección tenemos preferencias y nos encanta elegir.

Tracklist

01 – Myth
02 – Wild
03 – Lazuli
04 – Other People
05 – The Hours
06 – Troublemaker
07 – New Year
08 – Wishes
09 – On the Sea
10 – Irene

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